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lunes, 31 de marzo de 2008

La autoestima en las organizaciones


Ana Méndez Morillo
12 de Marzo de 2008


Hace poco oía decir que las organizaciones son como las personas y que la autoestima puede aplicarse de la misma manera a las personas y a las empresas.

Las personas a veces no eligen dónde aterrizan, cuando entran en una organización, se encuentran con ella y cuando observan el ambiente, que dice mucho de los directivos y de la cultura de empresa que se transmite, se dan cuenta del grado de consonancia de su forma de ser con el entorno.

Sobre ambientes laborales se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo, pero aquí relacionaremos la autoestima de la persona y de su empresa. Si la autoestima es la valoración que tenemos de nosotros mismos, lo mismo puede decirse de las empresas, (de los equipos deportivos, …). Si una empresa cree en sus objetivos y practica sus valores, se entenderá apta para el éxito y los buenos resultados. Si por el contrario, desde su dirección se practica la mentalidad de la escasez y se transmite a los empleados que los resultados son malos, que las cosas no van bien, que el mercado está difícil, dejará la puerta abierta a la especulación y lo que prevalecerá será el pesimismo, unido al rumor, al desánimo y a la falta de motivación.

¿Qué ocurre cuando una persona capaz, animosa, decidida, entra en la plantilla de una compañía que demuestra un claro deterioro de su autoestima?
Las compañías son las personas, políticas laborales agresivas producen entornos agresivos. Si bien el mundo empresarial se caracteriza por su competitividad y por qué no, por su fiereza, el mercado no perdona a los débiles, las grandes compañías se han dado cuenta de que cuidar a su capital humano es la mejor inversión que pueden hacer.
Si los directivos practican el rumor, la crítica, la descalificación pública de empleados, proveedores, clientes, si existe el engaño, la burla, y se fomenta la delación, la acusación, la irresponsabilidad, las personas terminarán asumiendo esta forma de relacionarse como algo habitual, normal, y es en esta normalidad donde empieza el gran problema, porque será característica de baja autoestima e inundará las relaciones interpersonales.

Sólo si la persona tiene una alta autoestima, inamovible a pesar de los vientos externos, podrá continuar con su trabajo sin que el contexto le afecte, pero esto es muy difícil de obviar, y aquél que no esté dispuesto a seguir las normas de la casa se verá obligado a abandonar la empresa y buscarse otro contexto que no sólo favorezca su desarrollo profesional, sino que respete y tolere su integridad personal.
Funcionamos todavía con creencias muy nocivas: el jefe puede insultar y criticar a sus empleados y éstos a su vez cuando él no esté presente, la falsedad está a la orden del día entre los compañeros, unos se esfuerzan y otros se llevan los laureles, etc.

Pero algo está ocurriendo también en el mundo empresarial, las personas buscan realizarse no sólo en su vida privada, sino también en la profesional, el entorno es cada vez más importante y las personas no estamos dispuestas a retroceder pasos ya conseguidos en cuanto a trato personal. El dinero es un acicate inmediato, pero cada vez es más usual que alguien abandone un puesto de trabajo si no ve trasladados sus valores en su entorno laboral.

Cuántos casos conocemos de profesionales que abandonan la empresa o sus trabajos de años por un hotelito rural o un negocio de flores y es que vivir un sueño es importante para nuestro desarrollo personal, pero también identificar en qué contexto puedo seguir trabajando sin que mis convicciones más profundas se vean cuestionadas o ignoradas.

Las organizaciones tenderán cada vez más a ocuparse de su autoestima y de que encuentre reflejo en su personal, sólo así cuajará un sustrato sobre el que crear el merecido éxito. Se me ocurre pensar que a veces no es el mercado el único responsable de los vaivenes económicos, sino el hecho de que una organización maneje de arriba abajo la proximidad del fracaso.


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